Por: L. F. Nikho
Cada cuatro años los Juegos Olímpicos enarbolan los
multicolores de todas las banderas, sobre la faz de la tierra la expectativa
crece y se difuminan en arco iris las tonalidades claro- oscuras de la piel de
todos los competidores que llegan con sus cabezas repletas de ilusiones y su músculo
tensionado para tratar de hacerlas realidad.
El atleta, quizá formado de estructuras pobres,
aguantador de hambre y rebuscado; o bien, hijo acomodado de “mejor familia”, sonrisa
alegre y mirada fija, va mentalizado a alcanzar el triunfo aunque éste sólo sea
un triunfo para algunos.
Cada cuatro años las olimpiadas hacen alarde del poder capitalista y claro
está: de la forma en que se concibe la competencia atlética que está
significada en medallas, diplomas y algunos cuantos millones de euros o
dólares. Mientras en países de África y
Latinoamérica poblaciones enteras se mueren de hambre, se cierran hospitales
públicos y hacen falta escuelas, la inauguración y la clausura de las justas
olímpicas son un derroche exagerado que busca mucho más que impresionar.
Pero nosotros nos hemos comido el cuento de que
competir debe estar supeditado al dominio sobre el otro; la sana competencia es
un soslayo que se le hace a la prepotencia de países desarrollados que acumulan
medallas como acumulando riquezas, sin que importe para nada que en su mayoría,
los atletas que los representan, provienen de situaciones socioeconómicas harto
difíciles y que, desafortunadamente, buscan la gloria en el ascenso social como
es visto y determinado por la clase de la burguesía.
Siendo tan importante como es la condición humana, nuestras
luchas sociales se amainan en el juego y nos quedamos conformes con el mérito
de haber participado. Pero todo en
realidad es un sofisma, uno más de los tantos y muchos que tiene la maquinaria
opresiva para dominarnos, uno que, curiosamente nos hace sentir identificados y
hasta “unidos” por lo que llamamos “amor de patria”.
Y, desde luego, cuando uno de nuestros sacrificados
atletas logran la victoria, no faltan quienes salen a cobrar méritos con la
desvergonzada propiedad de que lo logrado, es un resultado de sus hechuras ya
que aportó de una u otra forma para que los “triunfos” fueran posibles. Detrás de cada atleta hay una historia de
gran sacrificio que empieza con su situación social, pero otros vienen a
colgarse los méritos cuando en realidad son sus obligaciones; es que el
oportunismo es una enfermedad que tiene piel de camaleón y se mimetiza de
ocasiones y además, sufre de una inmensa falta de memoria. Mientras los atletas se revientan el lomo por
una medalla, la cual supone un renombre para su país, los gobernantes se frotan
las manos porque esa medalla significa un renombre para su apellido.
Desgraciados somos aquellos que nos conformamos con las glorias efímeras
hijas naturales de la ambición capitalista; es funesta nuestra mentalidad que
ha sido educada para vanagloriarnos con la victoria sobre el otro que en todo
caso, es nuestro hermano de clase. El hombre
contra el hombre como una versión minimizada de las justas del coliseo romano rompiéndose
las espaldas por una bandera que sólo demarca las fronteras en un mundo que
debe ser de todos. Músculo contra
músculo en “el Teatro de los Sueños” como las marionetas que se yerguen o que
declinan al antojo de las manos que las mueven; sudor salado que no importa,
cuando es dulce recompensa la que espera, para elevar los puños en el podio y
ratificar con creces que competir se asemeja a la riqueza.